Laura

Ambos cambiamos de nombre, no era porque tuviéramos una realidad oscura o porque no quisiéramos que el otro supiera quién era realmente con quien hablaba. Pero ese cambio de identidad nos daba un espacio propio, íntimo y exclusivo. En el momento en que la llamaba por su nuevo nombre ella era mía y al escuchar mi nuevo nombre yo era suyo.

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Nos conocimos como se deben conocer las personas que están destinadas a cruzarse, por pura casualidad. Era un día lluvioso y no tenía mi paraguas. Ella me vio corriendo bajo la lluvia y me gritó, sorprendido me di la vuelta y ella con una sonrisa me ofreció compartir el suyo. Después de ese breve encuentro todo nos llevó a nuestro inconfundible irremediable enamoramiento.


Ella trabajaba en una oficina de contadores, su vida desde pequeña fue organizada y priorizaba cada cosa que hacía día con día. Yo aún estudiaba y mi única preocupación era qué iba a comer en el próximo tiempo de comida. Ella era ver a una mujer fuerte, exitosa y muy segura de sí misma. Yo no era débil, pero no me preocupaba el mañana. Había que vivir hoy, mañana, posiblemente, la muerte tocaría la puerta.

El día que nos conocimos ella estaba nerviosa porque, por culpa de la lluvia, llegaría tarde al trabajo. A mí no me parecía gran cosa, pero para ella parecía el fin del mundo. Con suerte, más favor de los dioses que habilidad propia, debo confesar, conseguí su número de teléfono. Ahora que veo hacia atrás todo lo que conocía de ella era real, excepto su nombre.

Después de casi una semana decidí llamarle, me atendió con su voz dulce y aceptó salir a tomar un café cerca de mi facultad. Nos divertimos mucho, en seco y sin prisa pude reparar en cuán linda era. Aparte de eso era alguien que conocía mundo, muy estudiada, muy interesante. Hasta hoy no sé cuál fue su primera impresión de mí, en seco.


‘Laura’, así se había presentado en medio de la lluvia y ese nombre ahora me significaba una sonrisa en el rostro, una buena conversación y un café que siempre me quemaría la lengua no importaba cuánto esperara.

Pasaban los días y cada vez que podíamos salir lo hacíamos y disfrutábamos cada momento de complicidad, de compañerismo y, por qué no decirlo, de cariño. Quizás de eso que los poetas llaman amor. No sé, no soy poeta, pero puedo decir que lo que había entre nosotros iba más allá de todo lo que alguna vez había sentido.

Todo era perfecto, idílico. Vivía lo que siempre había querido con una persona que el azar, la casualidad, el destino o una mano invisible que controla nuestras vidas habían puesto a mi lado. Todo era perfecto, hasta que en su mano vi un anillo de compromiso.


Ella trataba de ocultarlo lo mejor que podía y sin embargo me había dado cuenta. No quise hacerle preguntas, simplemente lo vi y entendí que ‘Laura’, como yo la había llamado desde aquel día en que nos conocimos, ya no estaría conmigo por mucho tiempo más.

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No hay ningún problema en soñar, incluso pienso que soñar despierto es lo que nos mantiene vivos en muchas ocasiones. Pero, ¿qué pasa cuando ves desbaratados todos tus sueños? La sensación de vacío que tenía al llegar a mi casa me consumía poco a poco.

Habían días en que me sorprendía a mí mismo caminando hasta el edificio donde trabajaba, esperaba a que saliera y la miraba. No tenía el valor de hablarle, ni siquiera soportaba mirarla por mucho tiempo. Un día apareció su prometido, sería incorrecto juzgarlo, él no tenía la culpa de que Laura y yo nos hubiéramos encontrado, no tenía la culpa de ser el que tenía el corazón de Laura en sus manos. Nadie era culpable de lo que pasaba y sin embargo mis sueños se destrozaban poco a poco.

Un día recibí una llamada, conocía el número, me lo había aprendido de memoria. Aunque tenía dentro de mí una esperanza casi ahogada por mi propia crueldad de que llamara me sorprendió al reconocer el número. Me dijo que habláramos, que necesitaba explicarse y yo acepté. Movido quizás por un sentimiento suicida o masoquista le dije que nos viéramos en el mismo café, nuestro café.


Hablamos largo rato, entre sollozos de ambos ella me explicó lo que había pasado. Su prometido siempre había estado ahí, yo nunca fui un juego pero tampoco fui un plan a futuro. Era clara, precisa y me decía las cosas sin rodeos. Me sorprendía su actitud y al mismo tiempo estaba agradecido por ella.

Le pregunté sobre lo que haría, me miró y dijo lo que yo esperaba oír desde que vi el anillo en su dedo. Me dijo que ya había tomado una decisión, que las cosas no se podían cambiar y que la oportunidad que yo había pensado, ilusamente, que tenía nunca existió.

Y esa es mi historia, quise de una manera que aún ahora tengo marcada a fuego en la piel. Perdí ese cariño de la noche a la mañana, de la misma forma en que lo obtuve y de lo único de lo que me arrepiento es de no haberle dicho claramente lo que ahora escribo en estas líneas.

Alexander Bayona
El que quiera entender que entienda…

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