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Cavilaciones de un viajero.


Ya estábamos en el colectivo. En ese momento cualquier espacio cerrado y medianamente cálido hubiese sido el lugar más perfecto del universo. Luego de un estrepitoso viaje a Marcahuasi, en el cual literalmente casi muere mi hermano y en el que por poquito no nos quedamos petrificados por la hipotermia, íbamos de regreso a casa. De Chorrillos a Santa Anita. Lo que acababa de suceder el día anterior se me figuraba tan surrealista, lejano; como si de una pesadilla se hubiese tratado.

Pero había sido muy real, mi hermano ardía en fiebre a mi costado (estábamos sentados en los asientos posteriores), se revolcaba del dolor de su pecho ¿Algo en su pecho? No sé, a veces temo que sea neumonía. No quiero pensar eso nica’. A mí me dolía mucho la cabeza y estoy seguro que compartíamos la misma sensación de letargo: de irrealidad.

Qué raro, ¿no? Ayer arribábamos al pueblo de San Pedro de Casta, el escenario se nos presentaba espléndido; con un sol que embargaba a todo de un resplandor iridiscente. Emprendimos, apenas pudimos, cuesta arriba por la pendiente con un entusiasmo triunfal hacia el santuario. Pero el viaje se tornó sombrío, la luz solar menguó, la niebla espesaba la atmósfera, a medida que ascendíamos metro a metro la temperatura disminuía peligrosamente. Yo avanzaba erráticamente y hermano jamás parecía cansarse, en algún punto creí desmayarme. Una perrita, salida de no sé dónde, se nos unió en el sendero, nos seguía e interrumpía el paso cada que ya no podía más, parecía guiarnos y por alguna extraña razón, mucho más, vigilarnos.

Y así de repente la lluvia, los cinco grados bajo cero, el intento frustrado de prender una fogata con papel higiénico, el comer atún usando como cuchara unas galletas ¡Qué huevones! ¿Cómo no nos acordamos?, el cubrirnos con medias las manos entumecidas, el quitarme el polo empapado de sudor en medio de la helada y ponerme el abrigo ¡Si a alguien le pasa algo, fijo será a mí! Intentábamos salvar este viaje a toda costa usando todos los medios posibles; bromas, sonrisas, alientos…pero en el fondo cuando cruzábamos nuestras miradas solo veíamos una triste decepción.

Hermano llegó primero. Cuando alcancé el santuario luego de severas horas, jadeante,  vi un paisaje muy diferente al que él me había descrito,  no había ni una sola carpa, apenas unas cuantas vacas y dos campesinos amables, sorprendidos por nuestra presencia, anunciándonos que emprenderían el retorno. Encontré solamente un santuario siniestro, penoso, gris, sustraído de todo encanto, insípido y plano: un Marcahuasi muerto. Armamos la carpa con dificultad y apenas terminada entramos a prisa, los sleepings, muero de sueño, estoy cansado, nica podré dormir con esta nariz que parece un témpano.

Hermano empezó a ponerse mal y no mejoraba. Se esforzaba en decirme que se pondría mejor y que aguantásemos, pero en su rostro no vi más que pavor. Esto es una locura, le convencí

Decidimos regresar; nos estábamos congelando. Desarmamos la carpa. La perrita seguía ahí, helándose y toda empapada y enlodada ¿Qué raro? Supongo que la bajada será más fácil, me decía. Él empeoraba a medida que descendíamos y se cansaba muy rápido. Ahora debía tenerle yo paciencia. Paso a paso, no te precipites.

Para ese entonces estaba todo negro y al alumbrar con la linterna todo se tornaba blanco por la niebla; uno o dos metros de visión. Hermano jadeaba, caminaba trémulo y con un semblante inexpresivo. Ya no creo que pueda seguir. No digas eso ya falta muy poco; en realidad no tenía idea de cuánto. Vomitó un par de veces  y me dijo que ya no tenía fuerzas para cargar su equipaje. Cargué todo yo, le di mi casaca, cubrí su nariz con un polo, sacamos un sleeping y se lo puso como poncho. ¡Menos de un kilómetro! ¡Fuerza! En un recodo cercano: 2.6 km. Mientras bajábamos unas gradas vomitó y me di el gran susto. Sólo atinó a decirme: gracias por cuidarme. No era momento de quebrarme así que: descuida. El camino entero parecía igual: rocoso, lodoso, lleno de estiércol, húmedo, interminable.

Tuvimos una disyuntiva en cierta bifurcación, la perrita que aún seguía ahí se perdió entre la niebla, la seguimos y encontramos unos escalones que continuaban descendiendo: aquello nos causó mucho alivio. El último kilómetro se nos hizo interminable, finalmente vislumbramos las luces del pueblo a cierta distancia. Llegamos hechos mierda, con los zapatos destrozados, las mochilas asquerosas y el alma desvaída. En las calles no había nadie. Dejé a hermano en una banca; iré por ayuda, no te preocupes y él me duele el pecho.

Caminé erráticamente sin dirección, todo establecimiento estaba cerrado, vi a la perrita delante: por favor llévame a un lugar donde haya gente, por favor. Ella avanzó y se metió a un callejón oscuro, por alguna razón la seguí, por el callejón bajé unas gradas húmedas y desde arriba observé una luz encendida al final del tramo.

Era un hospedaje, la puerta abierta, la perrita ingresó, yo toqué sin vacilar: se oía una voz masculina lejana. Quizás la bote a patadas, pensé ¡vete de aquí! Las pisadas del hombre se oían cercanas, al parecer vio a la cánida. ¡Estás toda empapada y mugrienta! Cochinona. Sentí un alivio.

—Venimos de Marcahuasi, mi hermano se puso grave y tuvimos que volver de emergencia. ¿Sabe si hay algún transporte para Chosica?

— ¿Pero está muy grave?

—Creo que tiene neumonía. Le duele mucho el pecho y el corazón.

El extraño lugareño hizo algunas tentativas: llamó a un amigo suyo para que nos haga una carrera a un precio elevadísimo, intentó llamar a la ambulancia y al consejo vecinal. Finalmente me dijo que mejor pasásemos la noche en un cuarto que nos daría a mitad de precio y ya mañana tomemos el bus a Chosica que partía a las 5 de la madrugada.

—Llama a tu hermano.

Traje a hermano y todas nuestras cosas. Nos hospedamos en el cuarto 9 del segundo piso. Era una habitación bastante sencilla pero impecable. Dos camas. Le dije que se acostara y que se abrigara lo más que pueda. Le cedí mis frazadas.  ¡Habitación 9! Abrí la puerta y el hotelero nos trajo un mate de ruda caliente.

—Han venido en mala época. Aquí solea a partir de Abril.

El señor nos dio las buenas noches. Traté de tranquilizar a hermano diciendo que fue una experiencia alucinante y al límite, al verlo cabizbajo. El lamentaba que haya gastado mi dinero en los pasajes y el en hospedaje, pero yo nada que ver toda experiencia de vida es valiosa, nunca había estado en una situación así, weon, si, pucha hasta yo pensé en el valle del colca, ¡Sí! Justo eso yo pensé que me iba a pasar en Cusco, nunca aquí.

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Por fortuna él pudo dormir no sin antes arrojar un par de veces. Quizá dormí, no lo recuerdo. La alarma sonó  a las 4, nos levantamos a las 4 y media. Alistamos todo y salimos de la habitación. La perrita estaba afuera, en la puerta de nuestro cuarto, acostada: traté de mantener la mente en blanco, de no conmoverme. Bajamos. Agradecimos mil veces al hotelero que nos respondía desde su habitación. ¡Dejen las llaves en la recepción nomás! Abrimos la puerta y la amiga canina se escabulló. Intentamos meterla pero fue en vano.

Al llegar al paradero todo estaba desértico, ni un alma. Hermano se sentó en una banca con el equipaje y la perrita se acostó cerca de él. Yo oteé el lugar buscando algún indicio. Un indígena se me acerco. ¡Creo que este bus parte a las cinco y media!

Poco después llegó el chofer, abrió la puerta del conductor, calentó el motor y luego nos hizo las señas para subir. Subimos, pero la perrita nos siguió hasta dentro del bus. Eso me estremeció, por lo que traté de hacer que baje. Inútil, se escondió detrás de unos asientos traseros que la hacían inaccesible. Esperamos. El bus se fue llenando poco a poco. El chofer bajó e ingresó al área de pasajeros, por fortuna no lastimó a la perrita y simplemente la espantó con una escoba roja.

Al partir la observé por la ventana: famélica, un poco húmeda por lo de ayer y con algunas motas de barro, observándonos desde afuera. La lluvia reanudó, al igual que la niebla y así su silueta se me fue desfigurando hasta solo ver una manchita blanca que la distancia iba empequeñeciendo. Volvíamos a casa.

Luego de 4 horas de viaje llegamos a Chosica y, por fortuna, encontramos un colectivo rápidamente.

Hermano y yo guardábamos mutismo total. Quizá era el cansancio, quizá cierta desesperanza o decepción. Tenía la sensación de que sin el barullo exterior podríamos estallar en lágrimas. En cierto punto del viaje subió una joven, al parecer se dirigía a trabajar; hermano y yo nos arrimamos y ella se sentó  a mi lado. Sentí cierta vergüenza por mi aspecto desaliñado y por la ropa y el equipaje lleno de tierra, pero aquello se desvaneció de mi mente al poco rato. Recorrido cierto tramo empezó  a mostrar signos de cansancio: cabeceaba a menudo  y al parecer no lo podía evitar. Sentí su cabeza apoyarse en mi hombro de manera repentina: era una sensación muy extraña. Me sentí capaz de pensar en todo y a la vez nada. Traté de recordar cuando había sido la última vez que alguna mujer ajena a mi familia había hecho eso. ¿Cuatro, cinco años? Quizá en un viaje que hice a Ica con una compañera. Cuando fui niño una vez también sucedió. Había olvidado por completo de que el contacto con féminas era para mí como algo meramente teórico, fantasioso  y esotérico. Ese pensamiento me puso triste.

Quise apoyar mi cabeza en la de ella, pero vacilé y pensé que eso sería una especie de abuso o violación a su espacio personal. Quizá el cansancio me pudo más, pensé yo, cuando me di cuenta que mi cabeza descansaba sobre la suya. Ella no protestó. Fácil está seca, pensaba en mi semi-vigilia. Perdía la noción y cuando volvía, fácil sí se da cuenta pero está tan cansada que…

Sólo algunos baches hacían que nos despertásemos y separásemos, pero reanudado el sueño sentía su cabeza nuevamente en mi hombro y yo también caía, así una y otra vez. Entre ciertas ensoñaciones, pensé en muchas cosas: pensé en aquella joven trabajadora, pensé en la Planchadora de Picasso y su incomodísima posición, pensé en el amor, pensé en que amaba a esa joven que estaba a mi costado, que en su inconsciencia y sin posiblemente darse cuenta de un carajo me otorgaba algo con lo que la mayoría de veces solo podía soñar, pensé en porqué sentía esa sensación tan maravillosa si era tan solo una extraña; quizá la calidez no residía solo en su sexualidad, en su condición de fémina o en su belleza, sino en que sencillamente estaba teniendo contacto con un ser humano muy ajeno a mi vida, volví a sentir lástima por el personaje de Billy Bibbit de la película “One flew over the cuckoo’s nest”, pensé en su suicidio y me entristeció que muriese luego de tener relaciones sexuales con probablemente la primera mujer con quién tuvo una aventura en su vida.

También pensé en que una vez yo también cabeceé sobre el hombro de una compañera de clases luego de ir a una entrevista que dio a la televisión nuestra profesora, pensé en la perrita blanca y también pensé en que la amaba a ella y al hotelero y a mi hermano y pensé en el Dr. Galindo y en el amigo mexicano de mi hermano debatiendo sobre el amor incondicional y universal conmigo ¿Está usted loco? ¿Cómo podría amar a alguien que me acaba de insultar o prejuzgar negativamente? ¿Amar a alguien que me hizo daño?

Quizá en aquel momento empecé a entender un poco. Un último bache sacudió nuestro sueño y nuestras cabezas, separándolas. Intenté buscar la mirada de la joven, pero ella me evitaba. Se va cobrando. Quizá esté cerca de su destino. Poco antes de bajar volteó y sentí su mirada por el rabillo del ojo. Chasqueó los labios haciendo un sonido como de incomodidad. Poco después, bajó.

A lo mejor qué asco ¿Cómo pude apoyarme sobre ese mequetrefe?, a lo mejor qué vergüenza, no podía aguantar el sueño y me fue inevitable apoyarme en él, a lo mejor ¡Mierda! He llegado tarde, ya me jodí, a lo mejor qué chico de aspecto tan raro y encima, cochino o a lo mejor debí haberle dicho algo pedirle su número o no sé.

El Dr. Galindo diría que qué psicótico y que jamás sabría realmente lo que ella pensaba, pero que podría elegir entre la avalancha de posibilidades que me daba mi mente: sufrir o alegrarme o ser indiferente. Elegí ingenuamente  una fantasía favorable.

La perrita, las piedras, el lodo, el sendero, la taquicardia, mi hermano apenas consciente, el atún, 5 grados bajo cero, tres millas sobre el nivel del mar, la chica, su cabeza, sus cabellos, el conductor por el retrovisor,  los sueños, el Dr. Galindo, el amigo al que insulté.

Podíamos observar que nos acercábamos a un grifo, era el óvalo Santa Anita, mi hermano se mostraba aliviado, ya tengo fuerzas para cargar mi equipaje, muchas gracias, cóbrese.

Bajamos. Oye en abril quizá la revancha, sí, quiero quitarme esa espina y ver aquel paisaje que me prometiste; reímos.

Empezamos a caminar entre el tráfico, las mototaxis, la basura chamuscada, las cascaras de fruta tiradas, los choros, los ambulantes y el océano de gente. Caminábamos en casa.

Cavilaciones de un viajero.

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