Poesía en vivo

Inferno.

 

Decidí subirme al bote del entendimiento.
Ya pagué con monedas y sangre mi derecho
al inframundo. Caronte me recibe, me dirige,
me transporta por el Aqueronte de mi pasado.

Me espera Hades para iniciar el recorrido.
Pisamos caminos llenos de abrazos y me
incita a estrujarlos y dejarlos por última vez.
Abandonarlos aunque me pidan sujetarlos.

Seguimos bajando rodeados de ánimas solas,
penitentes que nos miran torvamente reclamando
el no ser miradas, mi acompañante me pide
nunca más mirarlas pero jamás olvidarlas.

El fuego nos invade y se impregna en la piel.
Mi guía estimula a los condenados a no
despegarse de mí y me enardezcan por dentro,
mientras me repite “la pasión está ya tatuada”.

Almas llenas de pesares dan vueltas por
los jardines interminables de las nostalgias.
Lanzan besos sin orientación ni sentido,
muchas me tocan y mi cuidador ríe con sorna.

Cuestiono su risa y mueve el viento a mi
alrededor para que más besos me toquen
y se claven por todo mi ser. Mirándome repite
sin cesár, consérvalos, que ya son muy pocos.

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Ya cansado y rodeado de todos mis demonios,
mi consejero aplaca mi fatiga con su dedo
señalando un punto lejano en el horizonte.
Una luz, un cielo por el que se divisa una senda.

Cruzamos por un puente plagado de fotos
en movimiento. Entretanto yo sonrío, mi lazarillo
toma mi mano y va pintando de blanco cada uno
de los cielos que se cruzan en este largo camino.

Con ojos azorados y suplicantes y de rodillas pido detener
mi mano. Limpias mis lágrimas, te alejas y me doy
cuenta que no eres Hades, siempre fuiste Beatriz
y me dices al oído, “ya es hora de que entres al cielo”.