Me he marchado, pero no quiero seguir en la distancia.


Desde hace días qué me he marchado.
Mi posible error fue qué lo hice sin cerrar la puerta antes de salir.
Tú error fue no detenerme, dejarme ir como sí de un globo dado por perdido se tratase.
Cuando el reloj marcó la hora, sí te soy sincera no quería irme.

Quería permanecer.

Quería continuar está lucha.

Siempre fuiste un hombre poco empático al qué le costaba trabajo entender las emociones humanas.

Tomé mis maletas, salí por aquella puerta deseosa de qué me detuvieras, de qué me suplicaras qué no me fuera. Más sin embargo eso nunca sucedió.
Y no quise detenerme a medio camino a reflexionar mi decisión por qué estaba segura volvería corriendo a tus brazos.
Así qué me fui, con mi tristeza, mis lágrimas, mi melancolía, el corazón roto, mi frustración. Y con una pizca de libertad en mi bolso más una qué otra de esperanza de volver algún día.

Aún hoy sigo esperando qué me busques, qué toques a la puerta, qué el teléfono suene al menos una vez. Pero nada de eso sucede…Es como sí desde aquel día todo a mi alrededor se hubiese tornado frío. Como decías tú qué tenías el corazón, como sí estuviera viviendo en una dimensión distinta a la tuya. Como sí la vida nos hubiese puesto en partes del universo diferentes…Y pensar qué antes tú y yo hacíamos a las estrellas danzar y a la vez sentirse envidiosas…Y ahora, me quedé viendo galaxias en el cielo de alguien qué no ve ni una simple estrella en mi.

Me marché, pero no quiero seguir en la distancia.

Me quedé mirando al alba con el silencio del mundo como única compañía.
Me quedé en aquella página. En el clímax de nuestra historia qué ahora no son más qué ‘simples’ recuerdos, páginas amarillentas y desgastadas. Cuando el autor ya estaba escribiendo otro libro en el qué no estaba yo.
Me quedé hundida en el inframundo mientras tú te elevaste al paraíso.
Me quedé con el ramo de flores muertas en la mano, con las lágrimas en las mejillas. Congeladas por el frío qué siento desde qué tú alma dejó de fusionarse con la mía. Desde qué tu mano ya no encaja con la mía.

Todavía sigo preguntándome en qué parte del crepúsculo tomaste esa decisión. En qué parte del reloj dejaste tus sentimientos por mí. En qué parte de la historia el libro terminó para ti.
Estoy aquí, esperando cada atardecer y cada anochecer tras la ventana del balcón una pizca de tú presencia.

No deseo esperar a qué el reloj deje de dar vueltas para salirte a buscar.
No anhelo encontrarle el final al libro antes de salir corriendo a donde estés.
No quiero aguardar en el silencio de la calma a qué encuentres una estrella en mi. Antes de ponerme a pensar la mejor forma de tocar a tú ventana y decirte ‘Hola’
No quiero quedarme a mirar él amanecer antes de ponerme a pensar sí estarás bien.
No quiero vivir en ‘un infierno’. Quiero vivir en el paraíso en el qué éstas, aunque tú sólo lo veas como ‘tú infierno’.
No quiero desechar el ramo de naturaleza muerta antes de qué tú aparezcas.
No quiero aprender a vivir sin ti, quiero aprenderte a ti. Estudiarte como sí fueses algo desconocido para el mundo hasta descubrirte.

Pero…

¿Qué más da esperar despierta, sí al volver te distancias?

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Me he marchado, pero no quiero seguir en la distancia.

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