Pero amor como el mío no encontrarás por ahí, y lo peor es que lo sabes.

Hoy es un día más de mi nueva vida, aquella que tú mismo decidiste por mí el día que te fuiste sin ni siquiera dar razones, y aunque ahora lo agradezco, créeme que no ha sido fácil.

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Sé y también comprendo que no te fiaras de mí, que pensaras que lo que te decía, se lo decía a todos, que lo que sentía no era más que un capricho, te entiendo porque eso es lo fácil; juzgar. Nunca dejaste de juzgarme, nunca confiaste en que realmente podría cambiar, nunca creíste que tú me podrías haber cambiado. No supiste entender las razones de mis malos actos del pasado, y mucho menos entendiste que lo que sentía por ti me había hecho olvidar todo lo que había sentido alguna vez por alguien más. Y no dejo de entenderte, porque soy igual que tú, no confío en las palabras porque si no van seguidas de actos no tiene ninguna validez, pero yo te lo demostré. Yo dejé todo atrás, lo que una vez fui, lo que una vez sentí, lo que una vez creí, todo lo deje por ti, y no me arrepiento porque aún a día de hoy sé que valió la pena. Cambie lo que no te gustaba y intente por todos los medios ser lo suficiente para ti. Y ahora sé que el error fue intentar cambiar, nadie tiene que cambiar por nadie, nadie es menos que nadie, y tú no eres menos que yo.

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Todos cometemos errores y tenemos la suerte de poder aprender de ellos. De rectificarlos. De no volver a cometerlos. Creo que tu error fue creer que podía ser mejor. Que podía llegar a ser algo más. Yo soy lo que soy, y siempre he sido así contigo, nunca te he demostrado otra cara que no fuera la verdadera, nunca te he mentido, ni te he omitido la verdad, desde el minuto cero hasta el último siempre he sido yo.




¿Y tú, puedes decir lo mismo?

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De la noche a la mañana cambiaste, te cansaste, dejaste de intentar. Decías que “hay cosas que no pueden ser” y por muchas veces que te dijera que “lo que tiene que ser será, pase el tiempo que pase y las personas que pasen” no querías escuchar, aunque lo sabías, te cegaste en negar lo inevitable. Porque te contaron, porque te dijeron, porque viste o mejor dicho porque supusiste que no era buena para ti. Porque te emparanollaste y decidiste no arriesgar. Porque decías que no era posible que alguien se fijara de esta manera en ti. Porque te pudo el miedo. Decidiste hacerte la víctima y hacerme la verdugo, porque así las cosas serían más fáciles, ¿verdad? Porque así cuando te levantes y pienses en mi puedes evadirte pensando en que yo tuve la culpa. Que yo no supe ser. Que mi forma de ser y mi forma de querer dan asco.

Pero es que cariño, tu y yo somos iguales. Tu y yo nos enfadamos, soltamos toda la mierda por la boca y aunque nos arrepintamos, no sabemos pedir perdón. Tu y yo somos libres, y nunca hemos dejado que nadie nos atara. Tu y yo somos igual de posesivos, tu y yo no queremos ni podemos pensar que alguien toque algo que queremos. Nosotros tenemos la misma manía de irnos por las ramas, enrabiarnos y insultarnos antes de aceptar que el otro puede tener razón. Preferimos usar el botón de “bloquear” que hablar las cosas cara a cara. Preferimos bajarnos la mirada en vez de arreglar lo nuestro. Cagarnos en nuestros muertos por no decir a viva voz que nos queremos. Porque no sabemos hacerlo. Porque los dos tenemos miedo. ¿Pero sabes la diferencia entre tú y yo?

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Que yo por ti deje el miedo, y si tu no supiste hacerlo, por eso entonces quizás tengas razón, hay cosas que no pueden ser. Por mucho que queramos. Nunca podrán ser.